Dos son familia | Crítica

Al nacer nadie elige a las personas con las que crece, nadie tiene opción de decidir con quiénes vivir durante los primeros años, es ahí donde la convivencia en familia se considera ser muy importante para el desarrollo del individuo; ésta interacción se vuelve interesante porque nos marca para el resto de nuestras vidas, porque el núcleo de un ser social es precisamente ese y no debe haber relevancia en qué estructura tiene, sino la calidad de amor que se obtiene para sobrellevar las responsabilidades, perseverar y encontrar motivos para seguir adelante.

SU HISTORIA

Dos son Familia, dirigida por Rob Simonsen, se integra por un papá llamado Samuel (Omar Sy) que no esperaba serlo y una hija que de pocos meses de nacida, Gloria (Gloria Colston) quien es abandonada por su madre una vez que llegó al yate donde la fiesta siempre estaba presente, ahí una mañana, entre somnolencia y mujeres semidesnudas, llegó a brazos de su padre tras la sorpresiva noticia.

¿Cómo reivindicarse en la juventud? Si la noche es larga y el cuerpo aguanta, además de ser víctima de situaciones que arrastran el anhelo y con esa angustia de cuidar un bebé que ni sabe si realmente es suyo. A primera instancia es claudicar, tal como la mamá, rendirse y creer que no es capaz, que no merece.

Claro que Samuel viajó cruzando ciudades enteras (de Francia a Londres) para buscar a la desdichada madre, Kristin (Clemence Poésy) y rendir cuentas, pero no tuvo éxito, sólo logró encontrar un mejor trabajo para doble en el cine gracias a Bernie (Antoine Bertrand) y así costearse una mejor calidad de vida para Gloria, quién ya a sus 8 años le hacía de traductora (Inglés – Francés) para su papá en el trabajo.

Además de que se permea la diversidad cultural siendo Gloria hija del mestizaje interracial, la película también alude a la inclusión LGBT+ con el agente de personal (y querido amigo) Bernie, un hombre con muchas habilidades y fiel seductor en búsqueda del amor eterno aunque resulte pasajero; en la historia se suma a la sana convivencia con la diferencia.

Ese retrato de amor que hay entre el papá e hija es una relación tan emotiva que quiebra en llanto cuándo te das cuenta de lo dispuesto a sacrificar para el bienestar y que nada va a impedir su felicidad.

AL FINAL

¿Por qué ir a ver una propuesta francesa de una historia original mexicana? Aunque está basada en “No se aceptan devoluciones” de Eugenio Derbéz, la dirección prefiere centrarse mucho más en el drama que en lo cómico, no deja de ser divertida, ni hay punto de comparación, no hay una buena ni mala, ambas retratan lo importante de la familia, la diversidad, el seguir adelante y sobretodo nunca dejar de soñar.

Crítica realizada por Favián Cávdez