La La Land | Crítica

Vivimos en una época de incertidumbre, con marchas de inconformidad por todo el mundo, gente sufriendo, ataques ya sea de un país a otro, hechos inhumanos por parte de personas hacia animales o contra nosotros mismos, discriminación, leyes absurdas y un sinfín de sucesos que no pueden dejar de entristecer nuestras vidas. En estos tiempos donde cada vez la situación es más difícil de comprender, llega La La Land, un musical romántico y empedernido como ya teníamos mucho tiempo de no ver. Esta es mi crítica sobre el filme con más nominaciones al Oscar en la historia, junto con Titanic.

LA LA LA

Mia está atascada en la autopista así como lo está en su vida. Su trabajo de barista en un café dentro de los estudios Warner son la alternativa y lo más cercano posible a su sueño, ser actriz de cine y posarse en lo más alto del firmamento. Sebastian también está atascado en la autopista y sí, igual que en su vida. Él es músico, un pianista muy centrado en sus creencias, en su manera de percibir la música y en cómo debe ser interpretada. La música para él va más allá de su vida y vocación, es su motivo para ser feliz. Gracias a pequeños accidentes de la vida es que Mia y Sebastian se conocen, pero como todo debe de presionarse un poquito, ellos lo hacen sabiendo que de lo contrario el destino se cansará de actuar, pues bien dicen que las oportunidades se presentan una vez en la vida. Mia y Sebastian entonces deciden hacer caso a las señales y empiezan una aventura romántica sin pensar en el futuro. Y así debe de ser, vivir el presente.

Damien Chazelle quien escribiera y dirigiera la película, debe estar agradecido con quien sea que haya descubierto la química impresionante entre Ryan Gosling (Sebastian) y Emma Stone (Mia), pudiera ser que todos lo notáramos en “Crazy, Stupid, Love” pero fue Chazelle el que viera una oportunidad única en la vida para escribirles un guión sobre cómo el amor se desenvuelve y se destruye y se construye y se equilibra y se vive, como sólo la música lo pudiera describir. Chazelle tuvo una visión de los 50’s con musicales de Broadway y mucha influencia de “Singing in the Rain”, junto con actores de la época que bailaban y cantaban y disfrutaban su trabajo, tales como Debbie Reynolds, Fred Astaire, Gene Kelly, la cual transportó a nuestra época a pesar de no saber si funcionaría o no.

La La Land es un musical que equilibra perfectamente los actos melódicos con las escenas actuadas, sin perder el toque jocoso de una, ni la seriedad de la otra, permitiendo al espectador disfrutar de las magníficas actuaciones de Stone y Gosling que se meten en su rol de manera tan fácil que efectivamente podría asegurar que sus papeles fueron escritos pensando en ellos -de hecho nos dan esa pista en algún momento de la película-, pues la interpretación no pudo haberles quedado mejor. Ambos no necesitan del resto del elenco, mismo que no toma como recursos a ningún actor de renombre para darle auge al celuloide; la producción se centra en ellos como punto focal para contarnos la historia y hacernos vibrar con los fabulosos musicales los cuales ya quiero volver a ver.

Las dos o tres apariciones especiales con actores como John Legend y J.K. Simmons, no se sienten ni como soporte ni como auxilio para levantar la película, se notan como extras que se agradecen pero jamás son indispensables pues como largometraje inspirado en los 50’s, todo el lente de la cámara está coqueteando incansablemente con Mia y Sebastian, ayudada siempre de esa magia palpable entre ellos de principio a fin, con pequeños sustentos de mucha risa sin abusar de lo cómico. He ahí el equilibro que les compartía líneas atrás, pues Chazelle sabe cuándo hacernos reír, sentir nostalgia, preocupación, felicidad, dicha y gozo. Porque La La Land es eso, abundancia de alegría.

Mérito extra a Stone y Gosling por cantar y bailar a la vez, especialmente por la fotografía igualmente basada en las películas de mediados de siglo, donde las tomas son continuas y no presentan errores, o si los hay son imperceptibles y forman parte de la interpretación. Los colores y la iluminación junto con los elementos visuales externos, aportan un poco más de vivacidad a la actuación de ambos, envolviéndolos en una burbuja invisible como esa que se forma cuando estamos locos de amor por una persona.

VEREDICTO

La La Land es la película que nuestro podrido mundo necesitaba, necesita y necesitará en años venideros, podría ser el inicio de una corriente de películas inspiradas en hacernos felices, en provocarnos un olvido completo de la situación actual en el planeta aunque sea por dos horas. La La Land nos motiva a seguir luchando por nuestros sueños, nos invita a abrazar a nuestra pareja, a darle un beso y a darle dos besos. La La Land nos hace sonreír, nos ablanda el corazón y nos pinta un universo alterno donde la vida se inventó para ser felices, no para trabajar y pagar deudas. Oh diablos, ese universo alterno es el nuestro en realidad.

En la próxima entrega de Oscar, La La Land iniciará la noche como la más nominada y la película a vencer. Cómo salga de ahí ya es boleto de la Academia, si se retira como la máxima triunfadora, la gran perdedora o la que pasó desapercibida con ciertos reconocimientos, eso es lo de menos. La La Land es hoy y por mucho, la bellísima historia de dos incorregibles soñadores y enamorados que se puede ganar las palmas de cualquier público, más allá del galardón.