Crucifixión | Crítica

El manoseado subgénero de las posesiones infernales todavía sigue siendo objeto de nuevas vueltas de tuerca. Bastante satisfactoria en su planteamiento aunque bastante más convencional en su desarrollo y en su voluntad de sobresaltar al espectador en su tramo final, La Crucifixión tiene cierto encanto innegable que hace una experiencia poco enojosa aunque tampoco demasiado enjundiosa.

Se trata de un nuevo trabajo de Xavier Gens, el director galo que recientemente estrenaba también en la cartelera española la poco satisfactoria La piel fría, basada en la novela homónima de Albert Sánchez Piñol. Esta vez sin una base literaria, nos ofrece una de esas clásicas cintas “basadas en hechos reales” cuyo guión es obra de los gemelos Chad y Carey Hayes, escritores y productores de los dos episodios estrenados de la saga Expediente Warren.

La película arranca con un larguísimo plano aéreo que nos lleva desde los cielos hasta las catacumbas de una iglesia en la que se está practicando un brutal exorcismo.

Estamos en Rumanía, en una región rural en la que el deteriorado sistema sanitario y las profundas creencias religiosas hacen que ciertos trastornos mentales severos reciban un tratamiento inadecuado por parte de eclesiásticos enfebrecidos por la fe.

Una periodista es enviada para esclarecer los hechos una vez que se da a conocer la muerte de la mujer exorcizada: era una monja y las versiones acerca de su final son contradictorias. Mientras unos aseguran que no estaba enferma, otros le achacan un trastorno esquizofrénico. ¿Se extralimitó el sacerdote o perdió una pugna contra el Maligno?

¿Cuál es la historia real?

Tenemos que remontarnos al verano de 2005 para conocer la historia de la monja Maricica Irina Cornici, de veintitrés años de edad, que falleció en el Monasterio de la Trinidad, situado en el distrito rumano de Vaslui. El sacerdote ortodoxo Daniel Petre Corogeanu, con la ayuda de otras compañeras de claustro de la víctima, le había practicado un exorcismo que había culminado en tres días de ayuno completo con el cuerpo atado a una cruz.

La escritora Tatiana Niculescu Bran tomó el caso como punto de partida para dos libros de no ficción “Confesión mortal” y “Libro de jueces” que el cineasta Cristian Mungiu utilizó como fuente de inspiración en su película Más allá de las colinas (2012).

Sin ser excepcional, el arranque de la película “pone a tono” al espectador consiguiendo crear una atmósfera malsana y una inquietud creciente pero La Crucifixión tiene un problema y es que no tiene muy claro a dónde te quiere llevar: los sobresaltos creados con efectos de sonido impactantes, las eróticas pesadillas de la protagonista tentada por la carnalidad del demonio y las visitas peregrinas de espíritus cabreados que aparecen y desaparecen a su antojo, consiguen que paulatinamente el relato pierda fuerza.

La temática y ese rótulo de “basado en hechos reales” exigía como poco más seriedad en el tratamiento de la materia en cuestión. Respeto, incluso.

Baches en el camino

Es curioso pero es probable que con La Crucifixión estemos ante uno de esos casos en los que menos es más: con menos artificiosas secuencias de sustos la propia extrañeza que emana de las localizaciones y de esa cámara aérea que insinúa una presencia sobrenatural cobraría más sentido… aunque lo mismo entonces no llegaría a los 90 minutos de apurado metraje que alcanza.

Especialmente ridícula resulta la persecución por el campo de maíz (ya sabes que si nuestra protagonista se queda sola… zas, toca susto) pero no todo son pegas: hay varias secuencias especialmente perturbadoras y la película está bien rodada de modo que dan bastante repelús. Hablamos de una en la que la mujer poseída parece estar teniendo una especie de orgasmo sobrenatural con sus partes íntimas cuajadas de arañas y, sobre todo, de la que a nivel visual es más potente: la del granero en la que una lluvia invertida pone fin a las tribulaciones contra el mal.

El montaje es muy tosco y da cuenta de que el proceso de edición ha estado jalonado de golpes sobre la mesa para intercalar esos “sustos” que tratan de mantener el interés del espectador a toda costa. Resultado: no solo rozan lo ridículo sino que además rompen la ambientación y dan la sensación de que la película avanza recorriendo círculos. Es la clásica película en la que si en lugar de tirar por el elemento fantástico hubieran puesto en duda las creencias de las personas y los límites de lo que éstas les permiten hacer habría resultado mucho más redonda habida cuenta de que los medios para hacer algo solvente no han faltado.

Respecto a las interpretaciones, es la inglesa Sophie Cookson a quien recientemente hemos visto en Kingsman: Servicio Secreto quien soporta gran parte del peso de la película, aunque su historia de escepticismo/crisis de fe sea la que nos lleve de lleno a pensar en El exorcista. La Crucifixión se deja ver, con todos sus defectos. No viene a revolucionar el panorama del terror ni a despertar serias reflexiones en la audiencia (que habría sido lo suyo), puede que incluso desperdicie un par de buenas ideas como ese “Halloween rumano” que habría dado para mucho más, pero da para un visionado sin excesivas pretensiones.

Veredicto

Película de posesiones demoníacas al uso que desperdicia la ocasión de hablar acerca del estado de la iglesia ortodoxa en Rumanía y que toma como punto de partida un caso real para irse por la tangente de lo sobrenatural. Se deja ver sin pretensiones, pero dista de ser creíble. La secuencia final del granero en la que se ve una lluvia invertida casi poética y los sustos que no vienen a cuento y la ausencia de una reflexión interesante acerca de las creencias.