Deseo de Matar | Crítica

En Violación Nueva York, un libro de no ficción, la artista española Jana Leo cuenta la brutal experiencia que sufrió en el departamento de Harlem en el que vivía, cuando un hombre armado entró en él a punta de pistola y la violó. Leo encontró una relación entre la violencia sexual y los robos con la planificación urbana y la especulación inmobiliaria. Eli Roth no llega tan lejos en Deseo de matar, la adaptación de la novela que dio pie a un famoso serial fílmico de cinco películas protagonizado por Charles Bronson entre 1974 y 1994 y conocido aquí como Vengador anónimo, pero sí consigue enfatizar en la relación crimen-especulación, en la ineficacia policial y en la violencia que asuela a la sociedad estadounidense. Y lo hace empleando un tono fársico que convive con la violencia gráfica que es sello de su filmografía, como puede verse en Hostal y su continuación o en la irregular Knock Knock.

Aunque tiene un enorme e insuperable problema: Deseo de matar es una película que no sólo aparece en un mal momento, sino que está inevitablemente asociada a la apología de la violencia y la justicia por mano propia. Incluso la han llegado a considerar un gran anuncio propagandístico de la NRA (la Asociación Nacional del Rifle por sus siglas en inglés) y un sueño de lunáticos fascistas.

En Estados Unidos la película retrasó su estreno, programado para noviembre pasado, debido a los sucesos de Las Vegas. Y ahora estuvo muy cerca de lo ocurrido en Florida. Así, aunque la realidad no deja de superar a la ficción, el debate sobre el uso de armas y que el protagonista de este entretenido filme se vuelva un vigilante convierten esta cinta en una propuesta políticamente incorrecta que lejos de aportar algo positivo o de resultar una crítica, que es lo que parece por algunas escenas sobre la facilidad de conseguir armas que son absurdamente ridículas pero verídicas, termina por convertirse en una suerte de apoyo moral para aquellos que creen que hay que acabar con el mal a punta de balas.

Paul Kersey (Bruce Willis) es cirujano en la sección de urgencias de un hospital. Es un tipo que dedica su tiempo libre a su familia: su esposa (Elisabeth Shue) y su hija Morgan (Camila Morrone), que acaba de ser aceptada en la universidad. Paul es un hombre tranquilo que, se nos deja ver, es capaz de soportar las provocaciones de un padre de familia exaltado por el partido de soccer del equipo donde también juega su hija. Es también solidario, como se nos deja ver cuando su hermano mayor (Vincent D’Onofrio) le pide dinero de una forma peculiar. Incluso conserva esa tranquilidad cuando insiste en que la policía resuelva el crimen por el que se esposa ha fallecido y su hija ha quedado en coma, cuando tres sujetos roban su casa, el espacio aparentemente más seguro para cualquiera. Sin embargo, al tener claro que la policía está rebasada, decide él mismo buscar a los criminales y emprender como vigilante.

La historia, ubicada en un Chicago ficticio con una alarmante alza en la violencia que vamos conociendo con inserciones de programas de radio, adquiere entonces otro cariz, uno que juega con las tensiones del thriller y del cine de acción clásico, pero que se regodea con el gore que tan bien ha explotado Roth y que tiene su momento cumbre en aquella escena de la tortura en el taller mecánico. Bruce Willis no se esfuerza demasiado. Alimenta a su acartonado personaje de su pasado filmográfico como héroe de acción más que de las motivaciones dadas por la propia historia. Dean Norris y Kimberly Elise hacen buena mancuerna como los ineficientes detectives a cargo de la investigación. Y el guiño a la narrativa del terror, insisto, le da solvencia narrativa.

Pero es insuficiente. Aunque es evidente el tono fársico, es inevitable pensar que Deseo de matar no sea una apología a la violencia. El momento de ya no digamos estrenarla, sino hacerla, no ha sido para nada adecuado.