El Legado del Diablo | Crítica

No hay que dejarse engañar por el título local y el afiche callejero, que inducen al prejuicio de que El legado del diablo es una más de esas películas de terror producidas en serie con afán recaudatorio. A diferencia de la mayoría de sus congéneres, la ópera prima de Ari Aster no asusta con sobresaltos, no incurre en abuso de sangre ni en reciclajes evidentes. Es un drama familiar teñido de un clima ominoso, construido por detalles perturbadores que van en aumento.

Los Graham se enfrentan con dos fuentes de desasosiego. En la primera parte, la que más pesa es la emocional: entre los cuatro integrantes de esta familia reinan la incomunicación, la incomodidad, la falta de eso que se conoce como “calor de hogar”. Y la muerte de la abuela, que vivía bajo el mismo techo pero sólo estaba afectivamente cerca de su nieta, no hace más que hacer el ambiente aun más irrespirable. Luego, a esos problemas vinculares se irán agregando los elementos sobrenaturales.

Así termina de armarse un combo espeluznante, que gira en torno a las dificultades para elaborar un duelo. Y que, de todos modos, no está exento de humor. A veces buscado y otra veces, quizá, involuntario: hay un par de escenas que se desarrollan al filo del ridículo y trabajan como un alivio cómico no buscado, atenuando la atmósfera de miedo. Una atmósfera lograda en base a un buen elenco, elementos clásicos -como el escenario principal, la típica casona en medio del bosque, con ático y todo- y otros no tan transitados, como esas miniaturas que reproducen algunos escenarios a escala, mostrando a los Graham como meros muñequitos a merced de la voluntad de un ser superior.

El parentesco más evidente de El legado del diablo es El bebé de Rosemary, pero Aster también menciona a Venecia rojo shocking(el aspecto de Charlie, la hija, con su extraño rostro y su buzo rojo, parece un homenaje) en cuanto a la temática de procesar la muerte de un ser querido. Y hay, en el tono y la estructura, una conexión con La bruja, otro reciente ejemplo de terror de calidad. Que, está demostrado, todavía es posible.