La Monja | Crítica

Un malvado ente demoniaco acecha una lejana abadía en tierras de Rumania en esta nueva entrega del universo de terror de Warner Bros. Dirigida por Corin Hardy y protagonizada por Demián Bichir y Taissa Farmiga.

Dirigida por Corin Hardy, La Monja está ambientada en un antiguo castillo rumano el cual ninguna persona a los alrededores quisiera acercarse. Situándonos en 1952, podemos apreciar todo el auge gótico y tenebroso que un castillo convertido en mausoleo podría ofrecer a los espectadores. Todo este entorno sólo podría ser digno de nuestro protagonista que tanto esperábamos desde El Conjuro 2, de James Wan, quien ahora como La Monja, recibe su propia cinta de origen.

La Monja fue escrita por Gary Dauberman, quien hizo los guiones de ambas películas de Annabelle. Todos esperábamos grandes cosas de La Monja, por la fama que ha generado el universo de El Conjuro, por James Wan detrás de la producción y por la gran publicidad que estuvieron realizando, pero lamentablemente La Monja es la película menos aterradora de la saga, incluso perdiendo encanto al ofrecernos personajes que cuya interacción entre ellos se siente poco detallada y muy arquetípicas. A pesar de esto, La Monja nos ofrece buen entretenimiento generando una tensión y liberación del género jump-scare.

Esta vez nos situamos en Rumania del siglo XVI tras el lamentable suicidio de una monja en una abadía de los alrededores. El Vaticano decide enviar a un experto en situaciones “poco convencionales”, el padre Burke (Demian Bichir), quien se ha visto involucrado en varios exorcismos los cuales lo atormentan con el paso del tiempo. Acompañándolo por una (a mi pensar) absurda excusa, tenemos a la hermana Irene (Taissa Farmiga), una joven novicia que en sus años más infantes sufría de visiones. Irene es una novicia quien, a pesar de tener una fuerte esperanza en Dios y la iglesia, siento que esto puede que no sea lo suyo, haciendo omisiones y objeciones a la biblia cuando le enseña a los más pequeños, no portando el traje típico de una novicia en presencia santa, etc. Yendo al punto, el objetivo de la visita a la abadía era confirmar si esas tierras continúan siendo santos.

Para lograr su objetivo acuden a un testigo del suicidio, el joven Frenchie (Jonas Bloquet), un agricultor franco-canadiense quien gusta de explorar del mundo, pero en su estancia en Rumania llevaba los suministros alimenticios a la abadía del pueblo. Frenchie al conocer a Irene siente una conexión sexual, sin embargo, al enterarse de su postura religiosa, él correctamente respecta toda situación, fortaleciendo más su conexión como amigos.

Una vez que los tres se encuentran en el castillo, el director de imagen, Maxime Alexandre, se gana el premio grande con sus tomas a la media noche, exaltando un toque gótico y lúgubre a todo el ambiente de la película.

Entrando de lleno al personaje estelar de la película, durante sus cameos en El Conjuro 2 y Annabelle: La Creación; La Monja, el dominio Valak, generó enormes expectativas en cuanto a su película en solitario, en las dos cintas antes mencionadas, sus pequeñas apariciones de 1 o 2 minutos fueron suficientes para hacernos saltar de nuestros asientos del susto, lamentablemente ahora en su cinta, La Monja, muestran tanto la apariencia física y facial de este ente, que llega a perder intriga. En un mundo donde tenemos películas de acción, sci-fi, super héroes, etc.

Las películas de horror deben tener sumo cuidado con la presencia de sus monstruos/demonios, ya que si lo muestran demasiado o en tiempos o situaciones incorrectas, estos perderán seriedad e impacto ante la audiencia, tal y como le está pasando a La Monja, convirtiéndolo de un ser que podría estar en cualquier momento detrás de ti, a el clásico monstruo de Scooby-Doo que es predecible y siempre hace lo más obvio.

¡OJO! La película si nos da nuestros buenos sustos, no es cosa de que la película no de miedo, solo menciono que este terror inducido no es gracias al personaje, sino a la dirección de escenas y tomas que hicieron todos en conjunto.

Los tres personajes presentados cumplen enormemente con sus metas en la función. Por un lado, el padre Burke se dedica a investigar sobre este ente demoniaco descubriendo grandes cosas sobre él, así como parte de su origen. Por otro lado, la hermana Irene interroga a las otras monjas de la abadía sobre su día a día y los extraños sucesos que empezaron a suceder en el lugar desde hace un par de semanas. Por otro lado, Frenchie nos muestra el lado del pueblo, donde todos se encuentran atormentados por los demonios sueltos, sufriendo varias muertes y atroces enfermedades entre los pueblerinos. Gracias a los escritores de la cinta Michel Aller y Ken Blackwell, la orientación en la trama entre estos tres personajes, se maneja de una forma sublime en la que en la que no nos enredamos entre estas.

El problema de La Monja es que al mostrarnos su lado “sorpresa” y más terrorífico en forma de cameo en dos películas, ahora que llegamos a su película, todo factor “aterrador” estuvo muerto. Por lo tanto, al dedicarse a profundizar en su historia de origen (la cual está “meh”) solo hizo que el espíritu perdiera fuerza. Los otros “monstruos” que tomaron escena generaron más terror entre la audiencia.

Desde el primer momento, la serie de El Conjuro siempre ha sido lo mejor al mantener sus historias con los pies en el suelo, donde los sustos provenían desde el patio trasero, un el sótano… o ático. Aún así, el concepto del universo de El Conjuro en sí no funciona aquí, ya que no está asentado en dos leyendas de lo paranormal como los Warren. Si bien sabemos, el horror es más “horroroso” cuando es de sorpresa y con una fuente desconocida.

Ya para terminar, hay que recordar que todas estas cintas, El Conjuro, Annabelle, La Monja y las que están por venir, son parte de un mismo universo por lo que la conexión que hicieron entre La Monja y El Conjuro estuvo bien planeada y explicada, sin embargo, creo que hubo otras muchas formas de hacer esta conexión.