Lady Macbeth | Crítica

Un espléndido retrato audiovisual que adentra en lo más invisible del pensamiento, excava sin piedad las más incontrolables emociones y sobretodo, resuena impetuoso hasta dejar el aliento en silencio puro.

Dirigida por William Oldroyd y escrita por Alice Birch, basada en el cuento de Lady Macbeth of the Mtsensk District por Nikolai Leskov, que narra sobre Katherine (Florence Pugh) una joven que fue sometida a un arreglo matrimonial por intereses económicos como era costumbre en las zonas rurales de Inglaterra durante el año 1865. Al ser un complemento a una negociación por un terreno, Katherine se ve obligada a pasar sus próximos años con Alexander (Paul Hilton) quién sus atenciones sexo afectivas se limitan a sólo verla desnuda y se muestra distante-agresivo cada vez que conversan e interactúan.

Esta película nos ha dado un gran ejemplo de lo que ha sido la opresión hacia la mujeres desde tiempos supuestamente civilizados en sentidos políticos y sociales, que tienen que ver con la inestabilidad emocional, la ignorancia por manipulación religiosa, represión del deseo sexual, sexismo y la clara desigualdad económica.

Cuando Katherine inicia su día, Anna (una mujer jóven de piel negra) abre los ventanales, le despierta, la ayuda a prepararse con su indumentaria, peinarle, servirle el desayuno, incluso hasta bañarla.

Anna es de mis personajes favoritos por muchas razones muy sensibles, ya que es la contrapartida que el feminismo moderno analiza como más vulnerable debido que los privilegios de la supremacía blanca jamás ha sufrido sistemáticamente el racismo, y aunque se vio afectada y defendida de acoso por los demás trabajadores, sucediendo la narrativa con alevosía, Katherine desplaza la sororidad para abastecer sus intereses únicos y propios al enamorarse perdidamente de Sebastián, un mozo que recientemente comenzó ahí a trabajar y será quién le lleve a su martirio con tal de no sentirse culpable por todo el comportamiento inmoral y criminal que una mente tan aburrida y despierta como la Lady, goza para liberarse.

Alexander pronto se va y no regresa durante largo tiempo sin aviso ni recados – dónde se comienza a suponer su desaparición como acto de renuncia – con su partida, y con tal de obtener el poder (sin ser ella consciente, vaya, no se le ve planeando ni meditando su guerra) Katherine se ve envuelta en decisiones muy bizarras que Anna por arremeto y horror, enmudece para siempre, e incapaz de articular una sola palabra, junto a Sebastián, mantienen una sintonía dónde jamás olvidarán la intensidad que una Lady puede desatar en todas las personas que jerárquicamente cumplen órdenes.

Lady Macbeth es muy bella visualmente, sobretodo cuando se le ve corriendo a Katherine con su vestido azul entre los pasillos y más aún cuando “no tiene nada que hacer” y procura no quedarse dormida del aburrimiento en el despacho de su prepotente suegro. De hecho, ese personaje es muy gracioso, por la ineptitud con la que idealiza a Katherine.

Es un film que no puede pasar desaparecido, una historia con giros fortuitos para reflexionar sobre la convivencia social actual, los aspectos culturales que tienen que ver con las relaciones interpersonales y los derechos humanos.

Pronto pudiera parecer lenta que no lleva a ningún lado o que las cosas suceden sin intención específica, no obstante, es tan asertiva que cuando vas en el clímax podrías pensar ya en su final: Trágico, agobiante y quizá confuso.

A veces se suele creer entender porqué la gente hace lo que hace, dice lo que dice, siente lo que siente y piensa lo que piensa; sin considerar razones que son ajenas al individuo en cuestión, por eso pienso que no saber comunicarnos por miedos, complejos e inseguridad (sobretodo cuando atenta contra la vida) ha sido la violación más desgarradora de la libertad que el falocentrismo patriarcal ha inculcado con tal de no perder el poder.